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" LA PASIÓN" DE MEL GIBSON

La Pasión de Cristo
-Leonardo Boff -
Managua

La película "La Pasión de Cristo" de Mel Gibson no es la Pasión de Cristo. Es la pasión de Mel Gibson por la sangre, el látigo, la tortura y la cruz, a propósito de la crucifixión de Jesús. La forma de dramatizar escogida tiene que ver menos con los relatos evangélicos de la Pasión, que con el espectáculo y el simulacro, tan al gusto de la cultura de comunicación de masas. El filme es tan excesivo y aturdidor que el efecto final es: "Eso no puede ser; sencillamente, es demasiado".
El problema ni siquiera es la secuencia ininterrumpida de violencia, sino en la capacidad misma de Jesús de soportar todo aquello sin morir, por lo menos en algunos momentos. Todo sufrimiento posee una innegable dignidad, pero, cuando es artificialmente provocado resulta grotesco y repugnante. Es el dolor por el dolor, la sangre por la sangre, la cruz por la cruz. En una palabra, es dolorismo y sadismo. Eso no es humano... ni divino. Nos negamos a creer en un Dios que exija tal precio para redimir a la humanidad.

Pero ese no es el Dios de Jesús: es el Dios de Mel Gibson, un Dios que no se hace merecedor de respeto ni de adoración. Aquí está el Talón de Aquiles de la película: su imagen de Dios, cruel y sanguinario.
La obsesión por el dolor y por la sangre contamina a todos los personajes y al propio Cristo. En ningún momento se despega de la cruz. No es Simón Cireneo quien ayuda a Jesús a cargar la cruz: es Jesús quien ayuda a Simón Cireneo. El clímax de esta obsesión se da cuando Jesús se arrastra él mismo hacia la cruz para ser clavado en ella... Las dos caídas de la cruz con él ya clavado son inverosímiles y de una crueldad insoportable.
Todo lo sano puede enfermar. Aquí nos confrontamos con una versión enfermiza de La Pasión de Cristo, lejos de la versión contenida y digna de los cuatro evangelistas. Éstos dicen, sí, que fue abofeteado, escarnecido, desnudado, flagelado y coronado de espinas. Pero no hay en ellos nada de excesivamente cruel y sin piedad como en Mel Gibson. Los cuatro evangelistas, con extrema objetividad, atestiguan: "Después de haberse divertido y de haberlo escarnecido... lo llevaron fuera para crucificarlo".
El filme se encuadra en una de las varias interpretaciones de La Pasión de Cristo, la del sacrificio cruento, prevaleciente en la liturgia de las iglesias, elaborada después teológicamente por san Anselmo (+1109). En su famoso libro Por qué Dios se hizo hombre, afirma: se hizo ser humano para poder sufrir y derramar su sangre y así expiar la ofensa cometida por la humanidad contra Dios. Siniestramente, dice que Dios, incluso, encontrará bella la muerte de cruz porque así aplaca su sed de justicia. Esta visión "gibsoniana" es errónea pues destruye la imagen que Jesús nos legó de Dios, como un Padre de infinita ternura. El Padre no quiso la muerte de Jesús. Quiso, sí, su fidelidad hasta el fin, aunque implicase la muerte. Sólo es la cruz y la muerte que son consecuencia de la lucha contra la cruz y la muerte impuesta a las personas, y cuando expresan solidaridad con los crucificados.
Seguramente, muchos querrán profundizar las cuestiones que suscita el filme de Mel Gibson. Recomiendo mi propio libro "Pasión de Cristo, pasión del mundo. Los hechos, las interpretaciones y el significado, ayer y hoy". No debe ser malo el libro, pues una vez traducido ganó en Estados Unidos el premio al "Libro religioso del año" (1978) y la Congregación de la Doctrina de la Fe, la ex-Inquisición, lo analizó y me obligó a un largo proceso de explicación. Importa no aislar la Pasión de Jesús de su vida y de su compromiso. Es ahí donde alcanza su sentido, y en comunión con la Pasión dolorosa del mundo.
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LAS RAZONES DE MI RENUNCIA AL SACERDOCIO

Hay momentos en la vida en que una persona, para ser fiel a sí misma, tiene que cambiar. Yo he cambiado. No de batalla; sino de trinchera. Dejo el ministerio presbiteral, pero no la Iglesia. Me alejo de la Orden Franciscana, pero no del sueño tierno y fraterno de san Francisco de Asís.
Continúo y seré siempre teólogo, de matriz católica y ecuménica, a partir de los pobres, contra su pobreza, y a favor de su liberación. Quiero comunicar a los compañeros y compañeras de camino las razones que me han llevado a una tal decisión. Primero de todo digo: salgo para mantener la libertad y para continuar un trabajo que me era fuertemente impedido. Este trabajo ha significado la razón de mi lucha de los últimos 25 años. No ser fiel a las razones que dan sentido a la vida significa perder la dignidad y diluir la propia identidad. No lo hago. Y pienso que tampoco Dios lo quiere. Recuerdo la frase de José Martí, destacado pensador cubano del siglo pasado: "No es posible que Dios ponga en la cabeza de una persona el pensamiento y que un obispo, que no es tanto como Dios, prohíba expresarlo". Pero rehagamos un poco el recorrido. A partir de los años setenta, junto con otros cristianos, intenté conjugar el Evangelio con la justicia social, y el grito de los oprimidos con el Dios de la vida. De esto resultó la teología de la liberación, la primera teología latinoamericana de relevancia universal. Con ella buscábamos rescatar el potencial liberador de la fe cristiana y actualizar la memoria peligrosa de Jesús, rompiendo con aquel círculo férreo que tenía al cristianismo prisionero de los intereses de los poderosos.
Esto nos llevó a la elección de los pobres y excluidos. Ellos nos evangelizaron. Nos hicimos más humanos y más sensibles a su pasión. Y también más lúcidos al descubrimiento de los mecanismos que siempre de nuevo les hacen sufrir. De la sagrada ira pasamos a la práctica social y a la reflexión comprometida. Soportamos, en comunión con ellos, la maledicencia de aquellos sectores sociales que encuentran en el cristianismo tradicional un aliado para mantener los propios privilegios bajo el pretexto de la preservación del orden que es, para las grandes mayorías, pura y simplemente desorden. Hemos sufrido cuando hemos sido acusados, por nuestros hermanos de fe, de herejía o de pacto con el marxismo y cuando hemos visto romperse públicamente vínculos de fraternidad; siempre he sostenido la tesis de que una Iglesia es verdaderamente solidaria con la liberación de los oprimidos sólo cuando ella misma, en su vida interna, supera estructuras y comportamientos que implican la discriminación de las mujeres, la disminución de los valores de los laicos, la falta de confianza en las libertades modernas y en el espíritu democrático y la excesiva concentración del poder sagrado en las manos del clero.
Con frecuencia he hecho esta reflexión que aquí repito: lo que es error en la doctrina sobre la Trinidad no puede ser verdad en la doctrina sobre la Iglesia. Se enseña que en la Trinidad. no puede haber jerarquía. Todo subordinacionismo es aquí herético. Se enseña que las personas divinas son de igual dignidad, de igual bondad, de igual poder. La naturaleza íntima de la Trinidad no es la soledad, sino la comunión. La pericoresis (mutua relación) de la vida y del amor une a los Tres divinos con tal radicalidad que no tenemos tres dioses, sino un solo Dios-comunión. Sin embargo, de la Iglesia se dice que es esencialmente jerárquica y que la división entre clérigos y laicos es de institución divina. Un torniquete que se estrecha
No estamos contra la jerarquía. Si ha de existir la jerarquía, ya que esto puede ser un legítimo imperativo cultural, será siempre, en un buen raciocinio teológico, jerarquía de servicios y funciones. Si no resulta así, ¿cómo se puede verdaderamente afirmar que la Iglesia es icono-imagen de la Trinidad? ¿Dónde va a parar el sueño de Jesús de una comunidad de hermanos y de hermanas si existen tantos que se presentan como padres y maestros cuando Él ha dicho explícitamente que tenemos un solo padre y un solo maestro (Cfr. Mt., 23, R9). La forma actual de organizar la Iglesia (no ha sido siempre así en la historia de la Iglesia) crea y reproduce demasiadas desigualdades en vez de actualizar y hacer posible la utopía fraterna e igualitaria de Jesús y de los apóstoles.
Por tales y semejantes proposiciones, que por lo demás se infieren en la tradición profética del cristianismo y en el proyecto de los reformadores a comenzar desde san Francisco de Asís, he caído bajo la severa vigilancia de las autoridades doctrinales del Vaticano. Esta vigilancia ha sido, directamente o por interpuesta autoridad, como un torniquete que se ha estrechado siempre más hasta hacer prácticamente imposible mi actividad teológica de profesor, conferenciante, consejero y escritor.
Desde el año 1971 he recibido frecuentemente cartas y amonestaciones, restricciones y castigos. No se diga que no he colaborado. He respondido a toda carta. He negociado por dos veces mi temporal alejamiento de la cátedra. En 1984 afronté en Roma el diálogo con la más alta autoridad doctrinal de la Iglesia católica romana. Acogí el texto de condenación de varias de mis opiniones en 1985.
Y después (contra el sentido del derecho, pues me había sometido a todo) fui castigado con un tiempo de silencio obsequioso. Acepté diciendo: "Prefiero caminar con la Iglesia (de los pobres y de las comunidades eclesiales de base) que caminar solo con mi teología".
Fui destituido de la Revista Eclesiástica brasileña y alejado de la dirección de la editorial Vozes. Me impusieron un estatuto especial, ajeno a las normas del derecho canónico, obligándome a someter todo escrito mío a una doble censura previa, una interna de la Orden Franciscana y otra del obispo a quien compete dar el imprimátur.
He aceptado todo y a todo me he sometido. Entre 1991 y 1992, el cerco se ha cerrado todavía más. Fui alejado de la revista Vozes (la más antigua revista cultural de Brasil, de 1904); se impuso la censura a la editorial Vozes y a todas las revistas que ella publica. Me fue impuesta de nuevo la censura previa a todo escrito, artículo o libro. Y fue aplicada con celo. Y por un tiempo indeterminado habría tenido que alejarme de la enseñanza de la teología.
La experiencia subjetiva que he sacado en estos 20 años de relación con el poder doctrinal es ésta: este poder es cruel y sin piedad. No olvida nada, no perdona nada, exige todo. Y para alcanzar su fin, se toma el tiempo necesario y elige los medios oportunos. Actúa directamente o usa instancias intermedias u obliga a los propios hermanos de la Orden Franciscana a cumplir una función que compete, por derecho canónico, sólo a quien tiene autoridad doctrinal (obispos y la Congregación para la Doctrina de la Fe).
Tengo la sensación de haber llegado ante un muro. No puedo avanzar ni un paso más. Retroceder implicaría sacrificar la propia dignidad y renunciar a una lucha de tantos años. No todo es lícito en la Iglesia. El mismo Jesús fue muerto para testimoniar que no todo es lícito en este mundo. Existen límites intraspasables: el derecho, la dignidad y la libertad de la persona humana. La Iglesia jerárquica no posee el monopolio de los valores evangélicos ni la Orden Franciscana es la única heredera del Sol de Asís. Existe también la comunidad cristiana y el torrente de tierna fraternidad franciscana en los cuales podré situarme con jovialidad y libertad. Antes que amargarme y ver destruidas en mí las bases humanas de la fe y de la esperanza cristiana y golpeada la imagen evangélica del Dios-comunión de personas, prefiero cambiar de camino, no de dirección. Las motivaciones eje que han inspirado mi vida continuarán inalterables: la lucha por el Reino que comienza desde los pobres, la pasión por el Evangelio, la compasión con los sufrientes de este mundo, el compromiso de liberación de los oprimidos, la articulación entre el pensamiento más crítico con la realidad más inhumana y el empeño de cultivar la ternura hacia todo ser creado, a la luz del ejemplo de san Francisco de Asís.
No dejaré de amar el carácter mistérico de la Iglesia y de comprender sus límites históricos con lucidez v con la necesaria tolerancia. Existe innegablemente una grave crisis en la actual Iglesia católica romana. Se confrontan duramente dos posiciones de fondo. La primera cree en la fuerza de la disciplina y la segunda en la fuerza intrínseca al curso de las cosas. La primera piensa que la Iglesia tiene necesidad de orden y por esto basa todo en la obediencia y en la sumisión de todos. Esta posición es propia por lo demás de los sectores hegemónicos de la administración central de la Iglesia. La segunda piensa que la Iglesia tiene necesidad de liberarse, y para ello tiene fe en el Espíritu que fermenta la historia y en las fuerzas vitales que como humus confieren fecundidad al milenario cuerpo eclesial. Esta posición está representada por sectores importantes de las Iglesias periféricas, del Tercer Mundo y de Brasil.

La fe como superación del miedo.
Indiscutiblemente, yo me coloco en la segunda posición, en la de aquellos que han hecho de la fe la superación del miedo, que esperan en el futuro de la flor sin defensa y en las raíces invisibles que alimentan al árbol.
Hermanos y hermanas, compañeros de camino y de esperanza; que este mi gesto no os descorazone en la lucha por una sociedad en la que sea menos difícil la colaboración y la solidaridad, puesto que a esto nos invita la práctica de Jesús y el entusiasmo del Espíritu. Ayudemos a la Iglesia institucional a ser más evangélica, compasiva, humana y empeñada en la libertad y la liberación de los hijos y de las hijas de Dios.
No caminemos de espaldas al futuro, sino con los ojos bien abiertos para discernir en el presente los signos de un nuevo mundo que Dios quiere, y dentro de este mundo un nuevo modo de ser Iglesia: comunal, popular, liberador y ecuménico. Por lo que a mí toca, quiero con mi trabajo intelectual empeñarme en la construcción de un cristianismo indio-afro-americano inculturado en los cuerpos, en la piel, en las danzas, en los sufrimientos, en la alegría y en las lenguas de nuestros pueblos, como respuesta al Evangelio de Dios que todavía no ha sido plenamente dada después de 500 años de presencia cristiana en el continente.
Continuaré en el sacerdocio universal de los creyentes que es pura expresión del sacerdocio del laico Jesús, como nos recuerda el autor de la carta a los hebreos (7, 14; 8,4). No salgo triste de esta situación, sino lleno de paz, hago mía en efecto la poesía del que es nuestro mayor poeta, Fernando Pessoa: "¿Ha valido la pena? / Todo vale la pena / si el alma no es pequeña".
Siento que mi alma, con la gracia de Dios, no ha sido pequeña. Unidos en el camino y en la gracia de Aquel que conoce el secreto y el destino de cada uno de nuestros pasos, os saludo con paz y bien. Leonardo Boff.

Traducido por Benjamín Forcano.


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