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De José Saramago, Thich Nhat Hanh, Roberto Ruiz Bass Werner i Josep Matamala

El 'factor Dios', JOSÉ SARAMAGO

(El País)

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición.

Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes.

En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero.

En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras.

Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.

Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda.

El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel.

Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo,sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´.

No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.

**************************************************************************************************** REST IN PEACE

I am a World Trade Center tower,
standing tall in the clear blue sky, feeling a violent blow in my side, and

I am a towering inferno of pain and suffering
imploding upon myself and collapsing to the ground.

May I rest in peace.

I am a terrified passenger on a hijacked airplane not knowing where we are going or that I am riding on fuel tanks that will be instruments of death, and

I am a worker arriving at my office not knowing
that in just a moment my future will be obliterated.

May I rest in peace.

I am a pigeon in the plaza between the two towers
eating crumbs from someone's breakfast when fire rains down on me from the
skies, and

I am a bed of flowers admired daily by thousands of tourists
now buried under five stories of rubble.

May I rest in peace.

I am a firefighter sent into dark corridors of smoke and debris on a mission
of mercy
only to have it collapse around me, and

I am a rescue worker risking my life to save lives
who is very aware that I may not make it out alive.

May I rest in peace.

I am a survivor who has fled down the stairs and out of the building to safety
who knows that nothing will ever be the same in my soul again, and

I am a doctor in a hospital treating patients burned from head to toe
who knows that these horrible images will remain in my mind forever.

May I know peace.

I am a tourist in Times Square looking up at the giant TV screens
thinking I'm seeing a disaster movie as I watch the Twin Towers crash to the
ground, and

I am a New York woman sending e-mails to friends and family
letting them know that I am safe.

May I know peace.

I am a piece of paper that was on someone's desk this morning
and now I'm debris scattered by the wind across lower Manhattan, and

I am a stone in the graveyard at Trinity Church
covered with soot from the buildings that once stood proudly above me, death
meeting death.

May I rest in peace.

I am a dog sniffing in the rubble for signs of life,
doing my best to be of service, and

I am a blood donor waiting in line
to make a simple but very needed contribution for the victims.

May I know peace.

I am a resident in an apartment in downtown New York
who has been forced to evacuate my home, and

I am a resident in an apartment uptown
who has walked 100 blocks home in a stream of other refugees.

May I know peace.

I am a family member who has just learned
that someone I love has died, and

I am a rabbi who must comfort someone
who has suffered a heart-breaking loss.

May I know peace.

I am a loyal American who feels violated and vows to stand behind any
military action
it takes to wipe terrorists off the face of the earth, and

I am a loyal American who feels violated and worries
that people who look and sound like me are all going to be blamed for this tragedy.

May I know peace.

I am a frightened city dweller who wonders
whether I'll ever feel safe in a skyscraper again, and

I am a pilot who wonders
whether there will ever be a way to make the skies truly safe.

May I know peace.

I am the owner of a small store with five employees
that has been put out of business by this tragedy, and

I am an executive in a multinational corporation
who is concerned about the cost of doing business in a terrorized world.

May I know peace.

I am a visitor to New York City who purchases postcards
of the World Trade Center Twin Towers that are no more, and

I am a television reporter trying to put into words
the terrible things I have seen.

May I know peace.

I am a boy in New Jersey waiting for a father
who will never come home, and

I am a boy in a faraway country rejoicing in the streets of my village because someone has hurt the hated Americans.

May I know peace.

I am a general talking into the microphones about how we must stop the terrorist cowards who have perpetrated this heinous crime, and

I am an intelligence officer trying to discern
how such a thing could have happened on American soil, and

I am a city official trying to find ways
to alleviate the suffering of my people.

May I know peace.

I am a terrorist whose hatred for America knows no limit and
I am willing to die to prove it, and

I am a terrorist sympathizer standing
with all the enemies of American capitalism and imperialism, and

I am a master strategist for a terrorist group who planned this abomination.
My heart is not yet capable of openness, tolerance, and loving.

May I know peace.

I am a citizen of the world glued to my television set,
fighting back my rage and despair at these horrible events, and

I am a person of faith struggling to forgive the unforgivable,
praying for the consolation of those who have lost loved ones,
calling upon the merciful beneficence of
God/ Yahweh/ Allah/ Spirit/ Higher Power.

May I know peace.

I am a child of God who believes that
we are all children of God and
we are all part of each other.

May we all know peace.

Poem by Thich Nhat Hanh *********************************************************************************************************

EL FANTASMA DEL TERRORISMO
Roberto Ruiz Bass Werner

Wahrlich, keiner ist weise
Der nicht das Dunkel kennt…
"En verdad nadie es sabio
si no ha conocido la oscuridad"
Hermann Hesse

Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del terrorismo fundamentalista!! Esta paráfrasis del Manifiesto Comunista no augura, a diferencia de aquel, un mundo mejor: el salto desde el mundo de la necesidad al mundo de la libertad. No, este nuevo fantasma sólo nos acerca al infierno del odio animal e irracional, que tiene particularmente en las trincheras religiosas extremas su caldo de cultivo más prolífico.

El horror de los atentados del pasado miércoles ha significado para los americanos el "fin de la inocencia". Una "inocencia" cargada de soberbia y que se desbordaba en esa visión del mundo que los superhéroes de la pantalla grande se encargaban de proyectar. El otro, el extranjero feo, siempre estúpido aunque pérfido, Negro, Ruso, Árabe o Latino, era invariablemente derrotado por la tecnología, la inteligencia y, finalmente, por la "justicia" de la causa americana.

El fantasma se ha encargado, entre otras cosas, de obligar al retiro apresurado de las últimas superproducciones donde el poderoso "Arnold" colocaba bombas aquí o allá, o el "Hombre Araña" dejaba atrapados en sus redes justicieras a una piara de malhechores, quienes colgaban espectacularmente desde el World Trade Center, con las Torres Gemelas en el fondo… Estos edificios ya no existen más, tampoco el hombre araña existió nunca. Y no hay futuro para el… Estamos, sin duda, ante un hecho que cambiará profundamente el ánimo, la actitud y el sentimiento de una gran mayoría de los seres humanos que habitamos este planeta. Un planeta dividido, como dice el Psiquiatra Austriaco Victor Frankl, en las únicas categorías de hombres que el reconoce:

aquellos hombres decentes, que respetan la santidad de la vida; y aquellos fanáticos enceguecidos que no vacilan en destruirla para imponer la "santidad" de su causa.

A pesar de que una oleada de fanatismo religioso y nacionalista se esta levantando en el mundo del Islam, y que abarca desde las Filipinas a Gaza y Libia y Algeria, desde Afganistan e Iran e Irak a Libano y Sudan. A pesar de aquellas aborrecibles manifestaciones de júbilo en las calles palestinas, mientras miles de personas en Nueva York se estaban quemando vivos; a pesar de todo ello, como señala el escritor israelí Amos Oz en un artículo recientemente publicado en el New York Times, "…lo peor que puede ocurrir es que caigamos en la tentadora y facil posición de refugiarnos en toda clase de "cliches" racistas acerca de la "mentalidad musulmana" o el "carácter Árabe" y otras estupideces semejantes. El horrendo crimen cometido contra Nueva York y Washington es un filoso recordatorio de que esta no es una guerra entre religiones, tampoco un conflicto entre naciones. Esta es, digámoslo una vez más, una batalla entre aquellos fanáticos para quienes el fin, cualquiera que sea, justifica los medios, y el resto de la humanidad que se adscribe, a la santidad de la vida misma"

Amos Oz continúa su artículo, afirmando que "…no debemos permitir que aquellos seres humanos decentes olviden que la vasta mayoría de Árabes y Musulmanes, ni son cómplices del crimen, ni se alegran de que haya ocurrido. Casi todos ellos están tan aturdidos y compungidos como el resto de la humanidad. Tal vez tengan ellos incluso un motivo adicional para estar preocupados, mientras los feos ruidos del sentimiento antiislámico comienzan a tronar en el horizonte. Estos sentimientos son inapropiados y hacen el juego cabalmente al propósito destructivo de los perpetradores"

Es que el fantasma del terrorismo intenta hacernos creer, de un lado, que el Gran Satán es América, o que el pequeño Satán es Israel; y del otro: que el Gran Satán es Bin Laden y que los pequeños Satanes son los Talibanes que lo protegen. Cuando en realidad el demonio sólo puede personificarse en el odio político, racial o religioso y en el fanatismo que lo acompaña.

Cual es, en este contexto, el peor enemigo del fantasma terrorista? En el caso de Israel, sin duda, el avance imprescindible del proceso de paz y la convicción de que Palestinos y Judíos pueden y deben construir su futuro uno al lado del otro. En el caso de la víctima actual del mayor acto de terrorismo con el que se que inaugura el milenio, los Estados Unidos, se precisa un cambio radical en la política exterior norteamericana que muestre a este poderoso país no como el "Globo Cop", o policía global, sino como un agente fundamental del progreso global, símbolo real, y no fabricado en la fragilidad del celuloide, de las libertades democráticas y de aquellos valores fundamentales consagrados en la propia Constitución Americana, entre ellos el más importante y único: el derecho del hombre a la búsqueda de su felicidad, en el marco del mayor respeto a sus semejantes. ***************************************************************************************************

Escribí una carta al director del periódico catalan "Avui", sobre el mismo tema. Te la copio a continuación. Està en Catalan.

Sr.Director:

Davant dels fets de l'onze de septembre em faig aquesta reflexió.

La vida apareix a l'Univers com un arbre que va creixent i es va expandint. L'energia que s'alliberà en el Big Bang fa en nosaltres com un petit remolí en el que sentim la nostra interioritat formant part de l'Univers: com qui amb ulleres mira el fons del mar. Hi han hagut una sèrie de pobles i d'individus que han intentat descriure la inmensa profonditat d'aquest mar i la manera de submergir-s'hi; textes tant admirables com la Bíblia, l'Alcorà, els Vedas, etc.

La nostra religió cristiana (la nostra manera de veure i sentir la consciència de l'Univers), ens du a constatar que Déu irromp a la nostra Història, personal i col·lectiva. D'aquest fet els cristians en diem Pasqua. Jo m'he preguntat: L'onze de septembre ha estat una nova Pasqua?

Quan en una reunió hi ha algú que s'aixeca i surt afora donant un fort cop de porta és per evidenciar una protesta que no se sent recolzada. L'onze de septembre passat hi hagueren persones que varen decidir abandonar la gran reunió de "la vida", perque no pagava la pena: hi havia opcions millors. La seva visió de la "consciència" universal els ha dut a donar un cop de porta que provoca guerra, injusticia i odi. Però és que realment abans de l'onze de setembre en el nostra món hi havia Pau, justícia, estimació? No és cert que mentres una part de la humanitat té la preocupació de no engreixar-se, l'altra part no pot menjar?

Jo crec que durant aquest onze de septembre alguna cosa important ha passat: una glopada de consciència ha tret la nostra societat quan dormia empatxada de tant desequilibri: social, humà,... Si nosaltres tenim un arbre amb la majoria de les branques seques i només té un petit ramet verd i ufanós, no direm pas que aquest arbre és sà i que donarà molta fruita: i la nostra societat viu, com aquest arbre.

Crec que aquesta nova "Pasqua" és un nou pas del Senyor que posa en evidència la injustícia que pateix la majoria de la humanitat, per tal que una minoria no sols visqui en l'abundàcia, sinó que s'hi ofegui de tant que li sobra. Potser la "Justicia Infinita" no s'hagui de buscar en les armes...

Jo espero una nova resurrecció de la nostra consciència colectiva.

Josep Matamala i Orta

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