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Las respuestas que el mundo quiere de la Iglesia

-Padre Uriel Molina Oliú-

La gente quiere de sus pastores, ya sean católicos, ya sean evangélicos, que, en su ministerio de evangelización, traten los problemas en forma clara y práctica, teniendo en cuenta las experiencias y los condicionamientos de nuestro siglo, del mundo y de la sociedad, en general. En la reciente polémica sobre la sexualidad, ha habido posiciones encontradas, algunas carentes de toda crítica. Sobre todo, cuando se trata de colocar la polémica entre las ideologías extremas, de izquierda y de derecha.

En estos tiempos considerados como la restauración de la democracia, de la nueva era, del fin oprobioso del marxismo, noto que la oferta religiosa se ha multiplicado: catedrales evangélicas que compiten con las iglesias católicas, prelados que hacen gala de una liturgia esplendorosa, a lo bizantino, obispos de mitra y báculo, usando símbolos muy distantes de la mentalidad actual. Se nota un triunfalismo religioso. A falta de un plan concreto de evangelización, se trae a predicadores del extranjero que se exhiben a las multitudes, brincando de un escenario a otro, a como lo haría cualquier cantante como Pedro el Escamoso.

Mario Vargas Llosa ha publicado un artículo reproducido por La Prensa del 5 de octubre e intitulado: «La hora de los cómicos de la política». En él aborda el tema actual, partiendo de las elecciones a la gobernación de California. Según él, los cómicos han reemplazado a los pensadores y escritores, igual que éstos sustituyeron a los «ciudadanos respetables», como figuras estelares del quehacer público. Y la razón --según él-- es muy simple: vivimos en una civilización del espectáculo, las imágenes han pasado a ser mucho más importantes que las ideas para las personas y, como consecuencia, también para la vida cívica. Lo que sucede en Estados Unidos, luego se reproduce en todo el mundo. Las contiendas electorales se deciden cada vez más en función de la publicidad y cada vez menos debido a los programas y razones que proponen los candidatos. Vivimos, pues, una civilización del espectáculo, y yo me atrevo a pensar que este fenómeno cubre también a la Iglesia. Lo que cuenta es impresionar a las masas, con bailes, gestos, imposición de manos y otras cosas más.

El Altar se elevó por encima del trono y los grandes políticos corrieron a los pies de los obispos para besar sus anillos y para obtener la complacencia del poder eclesiástico, factor seguro para ganar las elecciones. No han faltado escándalos de algunos pastores comprometidos con el dios-Mammona. Y tanta es la confusión causada por clérigos metidos a políticos, que mucha gente se pregunta si tenga algún sentido ser cristiano y en qué consiste propiamente ser cristiano.

La gente espera de sus pastores una orientación clara, pero ésta a menudo falta. Crece el número de los que no quieren permanecer en una fe infantil y que desearan que sus pastores abordaran sin miedo los problemas que la evolución de la ciencia enfrenta hacia la fe cristiana, sin dejarse influir por presiones del magisterio eclesiástico hacia la derecha, ni de ideologías arbitrarias hacia la izquierda, en una búsqueda sincera hacia un nuevo camino de un cristianismo sin recortes, hacia el íntegro y verdadero ser cristiano.

Sorprende la cantidad numerosa de noveles sacerdotes, la majestuosidad de los seminarios, la cantidad de parroquias cubiertas por clero joven, pero igualmente sorprende que no se deje ver la voz de un clérigo que escriba sobre los temas candentes que se ventilan en diferentes ambientes. Sólo llegan al pueblo documentos pastorales contundentes desde una posición de poder, dejando entrever que priva en ellos la actitud típica de un funcionario, a quien no interesan, ni importan los problemas reales de los que viven en esta sociedad conflictiva.

Falta una introducción al ser cristiano, esto es, no sólo a la enseñanza y doctrina cristiana, sino al ser cristiano, al obrar cristiano y conducirse en cristiano; sólo introducción, pues ser cristiano o no serlo es asunto personal de cada uno.

Tanta es la injerencia de algún obispo en política que, en vez de presentar una Iglesia-fermento que no tenga miedo de instaurar un diálogo a fondo sobre los alcances de la fe cristiana en las cuestiones que atañen a la sociedad, se presta para que las caricaturas recojan la crítica y el inconformismo del pueblo que tiene que recurrir así al género literario de la ironía y de la sátira.

Falta una jerarquía y un clero, también unos pastores evangélicos que expliquen lo que el programa cristiano significó originariamente, sin la capa de polvo y el lastre de dos mil años. Más que ver un clero revestido de tecnicolor y navegando en nubes de incienso, la gente quiere que se oiga lo que significa el Evangelio hoy. Sacado a nueva luz, para quien quiera dar sentido y plenitud a su vida.


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